Volábamos. Los coches clásicos y la velocidad eran tu debilidad, y la mía,
el aire de leyenda de cine que te procuraban aquellas enormes gafas de sol y el
pañuelo anudado bajo tu barbilla. Sucedió sin apenas darnos cuenta, en un instante,
por algo tan insignificante y estúpido como unas piedras sueltas. Volamos.
Tendríamos que haber muerto los dos, pero el destino eligió primero y me quedé solo,
echándote de menos. Daría cualquier cosa por estar contigo, por rozar de nuevo
tus labios…por dejar este limbo donde los ángeles, en realidad, no tienen alas.
Mi aportación a los Relatos con Banda Sonora (inspiración Cadillac Solitario)




