Hay días en los que la realidad se empotra en mitad de tu vida. Aparece de repente así, sin avisar y ¡zas!, te das cuenta de que eres un fraude. Así, sin medias tintas. Sin paños calientes.
Te cuento.
Ayer tuve un episodio de ilusionismo en mi trabajo. Podrías pensar que , llenar de magia una jornada laboral es algo encantador, pero no. No es esa la clase de prestidigitación a la que me refiero. Más bien es al que se realiza entre bambalinas: a los trucos, tretas y artificios. A las emboscadas y estratagemas del engaño profesional.
No era mi primera vez con los “amigos de lo ajeno” —en veinte años trabajando de cara al público he vivido algún que otro momentico tenso, es normal—, pero siempre tuve los arrestos (o la suerte) necesaria para que aquello no pasase de una simple anécdota.
Pero ayer la celebración del día del libro (si, aquí en Mordor gracias al gigante comercial del triangulico verde, se proclamó el 24 de abril como el día del libroL) me trajo además una situación inesperada y bastante incómoda.
Efectivamente. Me la jugaron. Ayer me hicieron el “truco del almendruco” y me robaron delante de mis propias narices unos cuantos lereles sin que yo fuera capaz de percatarme hasta que fue demasiado tarde. No entraré en detalles que no vienen al caso, pero reconozco la vergüenza y el mal rato que pasé al darme cuenta de que me habían engañado y yo no me había dado cuenta. Lo hicieron muy bien, ¡qué duda cabe, son profesionales! Pero la sensación de idiotez y la rabia que se te queda en el cuerpo dura aún por largas horas.
Después de la consabida llamada a la policía y una vez superado el mal moral de la responsabilidad monetaria, cuando el susto ya se me había pasado un poco hice recuento de frases-tipo. Las más populares fueron: “Al que anda le sucede”, “Que todos los males sean así”, “No podías hacer nada, se dedican a eso”.
Pero qué quieres que te diga. Todo eso no me consoló en absoluto.
Es cierto que jugaron con mi capacidad empática y se camuflaron de extranjeros con problemas.
Pero no deja de ser una curiosa casualidad que esto me suceda a mí, una tía:
- Que siempre tiene los ojos a media asta porque suele llevar constantemente el modo sospecha on .
- Que en este artículo defendía que la novela negra nos otorga las habilidades necesarias para detectar situaciones extrañas.
- Que desde los doce años va encadenando novelas negras y a la que se le presupone cierta sagacidad y perspicacia...
Pff. Al traste con los que pensaba que eran mis rasgos distintivos como escritora de novela negra. Ni una visión negra de la realidad ni una personalidad relativamente dura. Ni severa, ni escéptica, ni ácida ni ná de ná.
Empática.
Toma. Ahí lo tienes, Izaskun.
Empática.
Lo que viene significando que una es tan tierna y blanda como una rodaja de pan de molde recién horneado. Ingenua, cándida, inocente.
Un fraude, vamos.
Esto me da que pensar. Quizá se imponga un cambio de tercio. Puede que esto sea una señal y deba dedicarme a otro género. El romántico por ejemplo, —que de amores y desamores todos tenemos una larga experiencia y sabemos un rato—, no sé. Es posible que por mis venas corra más azúcar que en tres álbumes juntos de Alex Ubago. Tendré que averiguarlo.
El jueves habrá reseña, pero todavía no he decidido si me abandonaré a las merengadas romanticonas o si continuaré en modo negro. Ay. De momento voy a lamerme el ego herido y a reflexionar un rato.
Y a ti ¿qué tal te ha ido?, ¿Cómo fue tu comienzo de semana? Espero que mejor que el mío.


